Los Constructores de Monumentos
Los Testigos del Tiempo, Volumen 2: Los constructores de monumentos Tres lugares, tres épocas, y cuarenta y ocho horas que tienen que alcanzar para todo. Cuchu Ramírez acaba de ver a un hombre de traje caro explicar, en el salón de conferencias de un hotel, por qué sus antepasados eran demasiado primitivos para construir algo que valiera la pena recordar. Esa tarde la doctora Sarah Crow Feather abre tres cajas de madera en un sótano de la universidad: una cabeza de piedra tallada, una placa de cobre pulida como un espejo, un trozo de piedra rugosa con marcas apenas visibles. Tóquenlas, dice. Cuarenta y ocho horas allá son cuarenta y ocho minutos aquí. Vuelvan al terreno por donde llegaron. No menciona que las cuarenta y ocho horas son para los tres lugares juntos. Tres continentes. Tres épocas. Un solo reloj. SAN AGUSTÍN, COLOMBIA (300 d. C.): Un valle de talleres en el alto Magdalena, con estatuas hundidas hasta la cintura en la tierra y la cara a medio salir del bloque. Un tallador llamado Suaya le pone a Cuchu una piedra de martillo en la mano y le enseña por dónde corre la veta. En el noveno golpe Cuchu le saca un pedazo a una cara en la que una familia lleva cuatro generaciones. Nadie le grita. Para el final de la tarde entiende que eso es peor. SPIRO MOUNDS, OKLAHOMA (1200 d. C.): Una puerta de entrada sobre el río Arkansas, por donde baja el cobre de los Grandes Lagos y sube la concha marina del Golfo. Una ruta se inunda y tres temporadas de cobre quedan varadas río abajo. Matías ve que un valle responde avisándole a más gente y no a menos, y después ve que la reunión de la tarde se toma el tiempo que haga falta y termina fallando contra un hombre llamado Kolan, que dice lo suyo y va a seguir ahí el año que viene. STONEHENGE, INGLATERRA (2500 a. C. ): Dos piedras verticales acostadas sobre camas de madera, con los huecos ya cavados para recibirlas, hogueras ardiendo a lo largo de un terraplén que tiene quinientos años, y cuatro horas hasta que el sol salga al lado de la piedra del talón. Cuchu se ve las manos por dentro. Lo único útil que trae encima es el error que cometió en Colombia. No pueden cambiar nada de eso. Es la regla de la serie y el libro no la dobla. Lo que sí pueden es pararse adentro, jalar de una cuerda y volver sabiendo decir lo que vieron, en un país donde decirlo se está poniendo caro. El libro termina con dos documentos. El diario de campo de Cuchu, de su puño y letra, con los arranques en falso y los tachones adentro, y una línea que ya no puede leer. Y una nota histórica en la voz del autor que recorre sus tres lugares y dice qué gente de ahí es inventada, qué discuten de verdad los arqueólogos y en qué este libro se aparta de ellos a propósito. Ideal para lectores de: Laura Gallego, Memorias de Idhún · Rick Riordan, Percy Jackson y el ladrón del rayo · Suzanne Collins, Los juegos del hambre · Octavia E. Butler, Parentesco.
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Lingua:Spagnolo
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